Sahara Desert – Morocco

 

“Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal. Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa.

Estás todo el tiempo en un harmonioso desequilibrio.”

Lunes 30 de Enero. Acababa de comer en cada cuando recibo un WhatsApp de Marta (@Holacuore) dónde dice: “Mimi, te vienes conmigo a Marruecos.”

Lunes 6 de Febrero, a las 9 am empieza nuestra aventura. Salimos desde el aeropuerto de Barcelona con destino Marrakech y objetivo llegar al desierto del Sahara.

Esta a ha sido mi segunda vez en el país marroquí. Es uno de los países con más contrastes que he conocido en lo que se refiere a paisajes. Hace como 5 años pude conocer Marrakech y alrededores de una forma muy distinta, más cómoda y cultural,  gracias a un viaje familiar.
Cuando Marta me explicó el plan de ruta un poco por encima sabía que iba a ser una semana non stop. Esta vez no sólo visitamos la ciudad, sino que aventuradas, decidimos alquilar un coche y bajar hasta el desierto del Sahara. Sí, dos chicas atravesando Marruecos a la aventura.

Los riesgos están siempre y en todas partes por lo que con un poco de valentía y pensando en el momento presente no quisimos pensar en los “y si…”.

Por supuesto que hay peligros pero con un poco de cautela y sentido común no tiene porque ocurrir nada. Lo digo porque cuando lo cuento la primera reacción de la gente es de asombro.

Está claro que la cultura tal y como se conoce tiene matices machistas pero es un error generalizar.

El lunes por la tarde estábamos atravesando el país, subidas en nuestro coche de alquiler, guiadas por google maps y conduciendo durante cinco horas por carreteras espantosas.Al anochecer llegamos a Ait Ben Haddou, una localidad pequeñita  cerca de Uarzazate rodeada de montañas rocosas y campos de tierra y piedra.  

Nos quedamos en el Riad Tamdathke. Fuimos las únicas huéspedes esa noche y me sorprendió muchísimo lo bonito y cuidado que lo tenía Mohamed. Mohamed, imagino que es el dueño, se encargó de absolutamente todo durante nuestra estancia. Nos recibió, preparó la cena y estuvo a nuestra entera disposición. Súper atento y servicial.

Adoro los hoteles los cuales te hacen sentir como en casa y trabajan genial pero este tipo de alojamientos, mucho más familiares, son agradables y acogedores. Me gustan porque creo que estoy  más conectada con el lugar al que viajo. Me sentí como en casa.

La cena estaba riquísima, preparó muchísima comida: pasta, crema de verduras, tajine de verduras con cous-cous… Demasiada para dos personas. Al día siguiente el desayuno también fue un festín de mermeladas, pastas, crêpes caseras y especialidades marroquíes by nuestro querido Mohamed.

Cargadas de energía seguimos la ruta unas 4 horas más  hacia el sur hasta llegar a nuestro primer destino “oficial”: El desierto del Sahara, cerca de Merzouga que hace frontera con Argelia.

Dejamos nuestro coche de alquiler en un hostal y allí nos vinieron a buscar en 4×4 para atravesar las dunas y llegar al campamento Kam Kam Dunes.

Por la zona en la que estuvimos hay hostales-hoteles que además de sus habitaciones en los pueblos tienen campamentos en las dunas. Nosotras nos quedamos en Kam Kam Dunes situado en pleno desierto de Merzouga. Allí, instaladas en una de sus haimas con las mismas o mejores comodidades que cualquier habitación de lujo pasamos 4 días increíbles.

Fueron días mágicos: sin wifi, sin preocupaciones y en buena compañía.

La comida es ideal, Samath, encargado de la haima “comedor” fue súper amable con nosotras y nos preparaba lo que nos apetecía (dentro de las posibilidades). Couscous, tajine, muchas frutas y verduras, huevos en todas sus variedades… Nos preparaba lo que nosotras quisiéramos.

Durante el día hicimos excursiones por el desierto. Conocimos algunas familias nómadas, sus casas, su modo de vida. También visitamos un poblado sudanés, Rissani, paseamos con dromedarios (no me hizo ninguna gracia y podría haberme negado pero cuando viajo intento olvidar la palabra “no” y dejarme llevar por lo que haya. Obviamente, creo que es horrible la forma en que tratan a estos y a la mayoría de los animales (usan muchos burros para cargar) porque los tratan como herramienta y pura atracción). Sin embargo, en el caso de los dromedarios, si que es cierto que es una de las formas más prácticas que hay para acceder a las dunas más grandes y alejadas. Espero que entendáis a lo que me refiero.

La experiencia en el desierto ha sido una de las más enriquecedoras y diferentes que he vivido jamás. Supongo que por la peculiaridad del destino en sí. Está lleno de contrastes: culturales, de paisajes, de ambiente, incluso de temperatura. Algo que me habéis preguntado mucho es que necesitáis llevar en la maleta.

En el desierto hace calor cuando calienta el sol pero en el mismo minuto en que desaparece caen las temperaturas hasta los 5 grados en plena noche. Mi consejo es que os llevéis de todo: ropa de veranito durante el día y de abrigo por la noche, el contraste es exagerado.

Cenamos todos los días en el campamento a la luz del fuego, los otros días hicimos picnic en las dunas y el único día que comimos en restaurante fue en el hotel Grup Xaluca, que se encuentra en la misma zona.
Tras este sueño de dunas y estrellas volvimos a por nuestro coche y emprendimos camino a Marrakech, del tirón, unas  nueve horas de camino. Durante el viaje cantamos, hicimos varias paradas, nos hartamos a comer chicles… Marta y yo acabamos agotadas pero llegamos sanas y salvas a devolver el coche.

Allí mismo nos esperaba un transfer que nos adentraría a la Medina de Marrakesh para pasar las últimas noches en el Riad Be Marrakech. Un Riad súper escondido pero ideal. Es pequeñito, súper acogedor y cuidado hasta el más mínimo detalle. Tiene una piscina en el centro y una terraza soleada espectacular para tomar el desayuno o almorzar en lo alto de la ciudad.

Me encantó y espero poder repetir pronto porque nos atendieron maravillosamente. Además, los chicos nos dejaron hacer fotos (y la locura que esto implica) y nos sirvieron el mejor desayuno de todos estos días.

Pasamos la noche allí y por la mañana nos adentramos en el Zoco de la Medina, me encantan sus callejones, sus textiles, todo. Comimos en Le café des Épices, que os recomiendo 100% para retomar energía y seguir callejeando la Medina. Ensaladas, sandwiches, starters… Sabroso, con opciones vegetarianas y variedades de zumos y tés. Si pasáis por allí no dejéis de subir a la terraza para disfrutar del mercado desde las alturas y asombraos con los colores y olores sellos indiscutibles de la ciudad.

Justo en frente encontraréis otro de los restaurantes en los que cenamos: Nomad.

Además de callejear por el zoco y quedar encandiladas con todo tipo de artesanías y textiles visitamos el Palais de Bahia y Les Jardins de Majorelle. Dos de los lugares más turísticos de la ciudad.

Ha sido un viaje que ansiaba por estar pasando un mal momento personal así que solo puedo dar gracias a la vida por aportar luz, por dejarme vivir esta experiencia que he disfrutado en todos los sentidos. Y, por supuesto, a Marta por ser un sol,  la mejor compañera de viaje y por todo lo que hemos vivido todos estos días. 

¡Besos!

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